Los comienzos.

Borges como escritor era un tipo genial, leerlo es ir de asombro en asombro, leerlo es pues, comprender que así como las matemáticas son infinitas, lo es también la literatura. Aquí el comienzo de unos de sus innumerables cuentos breves:

El Otro.

El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.

Esto reafirma mi certeza de que el escritor tiene unos cuantos segundos para atrapar al lector, por eso desde el titulo debe disparar “duro y a la yugular” si lo que quiere es cautivar al que está al otro lado del libro.

Ayer precisamente me encontré con otro gran inicio, este es de Ángeles Mastretta:

“El marido de Irene Piedrasanta era un hombre cabal. Lo que quiere decir que podía ser lo mismo un santo que un energúmeno y que nunca se sabía en qué momento querría ser quién”.

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