El día en que Alcides estuvo en la selección de fútbol mexicana (otro de esos sueños raros que suelo tener).

Jueves, 5:00 p.m. Por fin llegamos a Sudáfrica, por fin llegamos al hotel de la concentración, el entrenador nos ha mandado de llamar de inmediato al bar, solo nos dio oportunidad de subir las maletas a las habitaciones, propina al bed boy, de nuevo al elevador.

Soy de los últimos en llegar a la reunión. Por tanto me toca uno de los lugares de hasta atrás en la improvisada reunión. En una mesita redonda Aguirre tiene un altero de libros. De inmediato comienza su intervención:

-Bien muchachos, ya estamos acá, lo que quiero que hagan esta tarde y lo que resta de la noches es que lean este libro, del cual le voy a dar una copia a cada uno, por favor léanlo muy bien. Son las biografías de los 22 seleccionados de las 50 naciones que vienen a disputar el mundial, es importante conocer a nuestros enemigos.

Murmullo general entre los jugadores ¿leer 1,100 biografías en una noche? El sentimiento es como de molestia, de frustración. Pero nadie dice nada en voz alta, todos se quejan como monjitas. Hacer evidente la molestia significaría quedarse en la banca todos los juegos.

Levanta la mano, pido la palabra:

-Diga jovencito. Me da la oportunidad de expresarme el DT Aguirre.

-Es que mire, mi estimado y nunca suficientemente bien ponderado entrenador nacional, me parece un exceso leer tantisimas biografías de tipos que muy probablemente ni vamos a ver, de los 50 equipos, solo tendremos juegos máximo con 7 de ellos ¿no cree que seria mejor leer solo los de esos 7 equipos?

Cuando mi mente acaba de hilvanar las palabras, acto en el que uno pierde de vista el mundo exterior y mira como para adentro, como para ir sacando las palabras del archivero correcto, el DT ya tiene la cara fruncida.

-Mire, jovencito, usted esta aquí nada mas porque gano el sorteo ese de “se tu mismo la selección por un día”, ni me va a venir a decir como hacer las cosas, ni espere que con esa actitud subversiva vaya a jugar.

-Bueno, pues ni pedo, yo nomás decía. Me callo, me siento, me resigno.

Luego Aguirre le da la voz al psicólogo de la selección, el cual nos lee un panfleto motivador que recorre desde el día en que nuestros ancestros entraron a América por Alaska, pasando por Porfirio Díaz y culminando en todos los que esperan que hagamos un papel honroso, amen de las regalías, mercadotecnia, fama y toda esa bisutería fina que conlleva ser mundialistas.

Cada quien a su habitación, las luces se apagan a las 7:00 p.m. Nada de escándalos, si se va a pedir algo del servicio a cuartos primero se pide permiso al tal Aguirre. Subimos en silencio como monjes, todos con el libro en la axila.

Abro la puerta, voy a la ventana, recorro las persianas, se ve un gran campo de golf y uno de fútbol, Allí entrenaremos mañana, pienso. Mas allá, después de la cerca del hotel se ve la verdadera Sudáfrica, su vegetación seca, fría, es invierno en este polo ¿habrá un león cerca? ¿O una jirafa? ¿De jodido un elefante?

Me pongo a ver la TV, tiro el libro sobre el buró que por poco tumba la lamparita de noche. Paso canales y más canales, me quedo dormido. Medio recuerdo que los tenis me los quite con los propios pies. Duermo y más duermo.

De pronto abro un ojo, la TV sigue enseguida, sigue siendo de día, pero en el noticiero pasan la eliminación de México en su primer partido. Me incorporo asustado. No comprendo.

Marco a la recepción:

-Señorita ¿me puede dar la hora?

-Son las 4:00 p.m.

-Perdón, señorita ¿de que día?

-¡hay joven! Pues es domingo.

-¡Domingo!

-Si, domingo.

Domingo, Dios santo, me dormí casi tres días y nadie me hecho de menos, nadie llamo a la puerta. Corro al baño, me pongo el uniforme, salgo al pasillo, casi corro para llegar al elevador. Bajamos, los huéspedes que van conmigo me ven extrañados.

Llego al lobby y van entrando al hotel los demás seleccionados, me quedo parado, inmóvil, como estatua, pasa el primero, me dice dándome al mismo tiempo unas palmadas en el hombro:

-Ni modo chaval, se hizo lo que se pudo.

Así van uno a uno pasando a mi lado, todos me dan una especie de pésame por la súbita eliminación.

Al final Aguirre viene hacia mi, cabizbajo como todos. Se para de frente, levanta la mirada:

-Tenías razón, no debimos leer ese maldito libro. Me acaban de llamar cuando veníamos en el autobús para despedirme. No tengo empleo.

Sigue su camino hacia el elevador, voltea un poco y dice:

-Ve por tus maletas, nos vamos en media hora.

Me encamino hacia el elevador, al pasar por la puerta del bar, Joaquín Sabina canta:

¿Por qué será que los cuentos que cuento yo siempre terminan mal?

Alcides

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Acerca de diariando
Marinero de Infanteria de Marina del Servicio Militar Nacional Patriotico Heroico y Obligatorio Matricula C-267481

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