Parte de guerra

Todo el pelotón caminamos por una brecha, franqueada por altos árboles de troncos blancos y mínimo diámetro, allá en sus copas se ven las hojas. Quizás así son los bosques de coniferas se me viene a la mente, al recordar mis clases de tercero de primaria. Que cosas mas raras se le vienen a uno a la mente cuando va de patrulla en esta guerra. Al principio cuando me iban a mandar a acá creía que al estar acá solo pensaría en sobrevivir y volver a mi país. Estando aquí, uno se da cuenta que puede pensar mil cosas menos las normales.

En avanzada tres soldados, a unos quince metros voy yo, mi grado es de cabo, lo cual me vuelve el de mayor rango en este minúsculo sustrato del ejército de mi país. De momento la única prerrogativa que tiene el cabo es que lleva pistola al cinturón, una escuadra.

El manual dice que debería haber un sargento con nosotros, pero en la guerra no se puede uno poner chiquion, además, un sargento muere igual que un cabo o un soldado raso, no creo que al enemigo le moleste dispararme a mi o a un sargento, vamos, ni a un capitán.

Detrás de mí, a otros veinte metros, vienen cinco compañeros. Aun mas atrás, en plena retaguardia los últimos dos. Todos vamos silenciosamente, volteando a todas partes. En esta zona son comunes los enfrentamientos y, los muertos de nuestro bando, suelen ser comunes.

De pronto los de vanguardia ponen rodilla al suelo, levantan la mano empuñada, señal de detenernos, algo abran visto. Unos segundos de espera y me gritan:

-¡cabo! ¡Hay unas monjas ahorcadas en un árbol!

-¿Monjas? Pregunto extrañado, en esta guerra no he visto monjas, mucho menos muertas y ahorcadas ni pensarlo.

-¡Siii!

Me acerco a los tres de avanzada caminando de patito, el que ha ido al menos un día al servicio militar sabe lo que es caminar así y lo que duele.

Al ir llegando a ellos me dice uno:

-Arriba, mire cabo. Señalando uno de los árboles del costado derecho.

Cierto, allá en lo alto a unos veinte metros dos cuerpos con hábitos de monjas. Extraño lugar para ejecutar monjas y eso de subirlas tan alto parece una excentricidad aun en la guerra.

-¿Qué hacemos?

-Pues las descolgamos y nos las llevamos al campamento.

-¿Neta?

-Pues si güey ¿Qué no vez que es un sacrilegio dejarlas allí?, respondo molesto.

Sin la menor delicadeza, uno saca su cuchillo. Va al tronco donde penden las damas, los nudos son visibles, hace accionar el filo. En cinco segundos ya han caído los cuerpos.

-Dios santo, que bestia eres. Le dice un compañero al temerario del cuchillo.

-¿A poco no dio la orden usted mi Cabo?

-Pues si güey, pero no así de clavado, que tal si hubieran estado echadas a perder, nos hubieras salpicado de viseras.

Nos acercamos los cuatro. Curioseamos los rostros, como si quisiéramos encontrar un rostro conocido. Negativo. Pobres monjas, la lengua de fuera. Tuvieron una muerte horrible.

El resto del pelotón se ha reunido muy atrás, a unos 40 metros. Nos observan sin interés, sacan cigarrillos, toman agua, hacen planes para en la noche que lleguemos al cuartel; pactan una jugada de cartas. Ver tanta muerte hace que uno o se vuelva loco o se vuelva insensible. Creo que en este grupo todos hemos caído en este extremo. La muerte se ha vuelto nuestro trabajo.

Grito a los retrasados:

-¿Quién trae las bolsas para cadáveres?

-Yo. Grita el soldado Pérez y viene corriendo hacia nosotros, mientras va sacando de su mochila lo solicitado.

Llega, acaba de sacar los costales que vienen bien doblados, mientras observa los rostros de las muertas.

Grovaz le pregunta:

-¿Las conoces?

-No mames, si soy ateo.

Reacciono:

-Bueno, chingados, ya se hizo un desmadre aquí. Ustedes tres váyanse a la vanguardia. Grovaz y los otros dos toman sus armas en posición para continuar el trabajo que saben hacer. Cuidarnos.

-A ver, vénganse tres mas con Grovaz…Inmediatamente se apuntan tres voluntarios que vienen hacia nosotros a ayudar a meter a las monjas a las bolsas. Mejor me retiro unos metros, vuelvo al camino, saco un cigarro y vuelvo a mis meditaciones mientras los unos vigilan, los otros guardan cadáveres.

-¿Por qué nunca pregunte a la maestra como eran las coniferas? A la mejor y estas son. Si volviera a la primaria ahorita, levantaría la mano y diría a la maestra que yo conozco un bosque de coniferas, de hecho descolgamos a dos monjas ahorcadas en uno de ellos. Que pendejada como le iba a decir que fui adulto, vine a una guerra, en un patrullaje nos encontramos colgadas a dos monjas y luego me volví niño para regresar a clases.

Un grito me saca de mis divagaciones.

-¡enemigo! ¡Enemigo! Gritan los de enfrente.

Vuelve la escena a la vida real, viene un carro militar, de frente a mí, unos cien metros adelante. Los disparos no se hacen esperar de ambas partes, instintivamente me tiro a la orilla del camino, donde voy a caer a una cuneta.

-¡cúbranse! ¡Fuego a discreción! Sigo actuando instintivamente, fuego a discreción, si ya las armas de todos están siendo accionadas. Del carro enemigo se ven correr unos cuantos hacia el bosque. También ellos disparan.

Hoy traigo ganas de disparar con mi pistola, pienso, me la busco sin dejar de ver al frente, aquí la traigo, corto cartucho, disparo al parabrisas, donde va el chofer. Las balas surcan entre las ramas, caen hojas por doquier, el fuego es nutrido, verdadera lluvia de plomo, nomás que esta lluvia es horizontal, ellos nos tratan de matar y nosotros a ellos.

-¿Están bien en frente?, grito. Nadie responde, sigue ele ruido ensordecedor de las armas automáticas.

Volteo a donde están las monjas, ya casi estaba terminado el trabajo, solo se ven las dos bolsas, aunque sin cerrar. Cerca de ellas, pecho tierra, veo las siluetas de mis otros tres compañeros, gritan groserías y disparan al por mayor. Adrenalina e histeria, eso es la guerra en vivo. La locura total.

Trato de ver hacia atrás sin levantar mucho la cabeza, ellos hacen lo mismo, disparan como engendros del mal.

De pronto una explosión, luego otra. Los tres de enfrente tiras granadas, el carro queda hecho trizas en segundos. Vació mis cargados, disparando prácticamente a ninguna parte.

Un grito como de locos se escucha, es uno de nosotros, lleno de gusto por el daño hecho con la granada.

-Alto el fuego. ¡Alto el fuego! ¡chingados!

-Cabo, venga a ver el desmadre que hicimos.

-¡Voy!

Otra vez de patito, pero ya por el camino, sino por los arbustos. Llego a donde están los de avanzada.

-¿Alguna baja aquí?

-Ni madres, pero mire el camión.

-Voy a ir, cúbranme.

Me acerco, con la pistola en mano, no pienso si tengo miedo, hambre, frió. Solo en disparar al mínimo movimiento.

-¡Cabo! ¡Cabo! ¿Aviso al cuartel? Grita el de comunicaciones que trae el radio, que por norma siempre va hasta atrás.

-Si güey, eso debiste hacer desde que encontramos a las monjas.

Todos se ríen de el.

Abro la puerta, un cadáver en el asiento del chofer. ¿Yo lo abre matado? Dispare al chofer, pero no creo, ya habían disparado casi todos cuando apenas comenzaba yo.

En la parte de atrás, entre los asientos longitudinales otro cuerpo. ¿Estará muerto? Se nota que respira con dificultad, bañado en sangre.

Lo arrastro por el piso del camión, hasta que lo hago caer al suelo. Su cuerpo no ofrece resistencia, sin duda lucha por su vida pero en su mente, mientras que su cuerpo ya no ofrece resistencia mínima. Un quejido le sale al pobre desgraciado.

-Pide un helicóptero. Le aviso al de comunicaciones.

Orden que es repetida por varios, ya que el soldado del radio esta bastante lejos.

Llega otro de vanguardia a mi lado, ambos vemos el cuerpo, ya casi sin vida, su rostro esta quemado, sangra del uniforme, no sabemos si son heridas de bala o la granada lo alcanzo.

Viéndonos a los dos de pie, todos toman confianza y se acercan presurosos.

-¿Quién quiere quedarse? Necesito dos que se queden. Ya viene el helicóptero y necesito que cuiden a este.

Levanta la mano Cruz y Salvatierra.

-Bien, vamos a seguir a los que huyeron. A la mejor pescamos algo bueno.

-¿Le podemos dar agua?-pregunta Cruz viendo al moribundo.

No respondo, otro se encarga de dejar bien claro el asunto:

-Claro pendejo ¿Cómo te gustaría que trataran si estuvieras en su lugar?

Cruz se inca para empezar a darle agua al herido. Salvatierra se aleja un poco, sabe su trabajo, quizás y regresen por el compañero, mas vale estar preparados. Nosotros seguimos camino arriba. Hay un trabajo que hacer, un juego de naipes por consumar, un país que defender, buscar en una enciclopedia o en Internet que es un bosque de coniferas.

De pronto, despierto, son las seis de la mañana.

Alcides

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Acerca de diariando
Marinero de Infanteria de Marina del Servicio Militar Nacional Patriotico Heroico y Obligatorio Matricula C-267481

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