El Teatro y Yo. La historia de un breve encuentro.

Un buen día en mis mocedades,  allá cuando estaba en el de tercer grado de secundaria, la prefecta paso por el salón para invitar al que quisiera pertenecer al naciente grupo de teatro de la escuela; el cual, iba a ser dirigido por un famoso director de teatro avecindado hace años en la ciudad, cito mas o menos textualmente la referencia del susodicho porque su nombre escapa a mi memoria.

Como eso de la actividad artística me ha movido desde siempre, fui uno de los (pocos) que decidieron al instante asistir a la primer reunión en el auditorio con el citado director, hasta donde se de mi salón fueron tres o cuatro mujeres las que participaron.

Mi primer sorpresa al llegar al auditorio era que estaba casi repleto, al frente, sobre el estrado, la prefecta invitadora y un señor de unos sesenta años, regordete, con guayabera blanca, que sudaba a chorros mientras los chirridos incesantes de los abanicos intentaban en vano sofocar su calor.

Llegada la hora en punto, digamos las diez de la mañana, con una voz potente tomo la palabra el director, para decir:

-Bien, la primer cosa que deben aprender si quieren ser actores es ser puntuales, así que vamos a empezar y que cierren la puerta para que no me dejen entrar a nadie, los que no llegaron a tiempo ya no tienen oportunidad alguna de formar este grupo de teatro.

-Lo siguiente que necesito es que vayan pasando al frente uno por uno a buscar el reloj que acabo de perder; por favor empiecen por esta fila.

Así empezaron a desfilar sobre el estrado cada uno de los concurrentes, bajo la mirada sigilosa del director. Unos apenas si ponían un pie arriba y hacían solo una finta de buscar algo, mas pronto saltaban fuera del escenario. Sin embargo, otras y otras si hacían la pantomima en exceso, al grado que se les tenía que pedir que bajasen pues éramos muchos los que aun teníamos que pasar a buscar el dichoso reloj.

Llegado mi turno me negué a pasar y lo cedí amablemente al que estaba sentado a mi costado, el cual si fue corriendo a subirse al frente. El director noto que yo no había subido y se me acerco para inquirirme:

-¿Por qué no subiste?.

-porque no traía reloj, respondí. Además, es evidente que allí no hay ningún reloj, pues el estrado es totalmente visible desde aquí y no hay nada.

Se me quede viendo, con esa mirada examinadora de aquel que se sabe juez, pero no respondió nada y se retiro para seguir con la mirada a los asiduos buscadores.

Al terminar de pasar todos, volvió a tomar la palabra para decir:

-he visto suficiente, en realidad hay muy poca madera de actores aquí, pero podemos trabajar, podemos pulir eso que hay, para ver que resulta. Todos han pasado al frente, menos ese de allá, el cual me dijo que yo no traía reloj, lo cual es cierto, pero el chiste del ejercicio era actuar como si creyeran que realmente podían encontrar un reloj aquí arriba donde evidentemente no hay nada.

A este punto, confieso, estaba por levantarme para salir del auditorio, pero solo me detenía la vergüenza que me daba que todos vieran que me retiraba. Y es que con franqueza, aquel ejercicio me resulto por demás desalentador, ridículo y falso. Pero podía más mi pena de verme inundado de miradas que una naciente vocación por la actuación. Total que me quede otro rato a escuchar lo que decía el director, aunque como estaba ensimismado en mis reflexiones sobre como salir de allí, cuando volví a la realidad, el regordete e incipiente anciano se encontraba en los comienzos de relatar una anécdota de su juventud, allá en la ciudad de México:

-Miren, cuando yo era de su edad, estábamos ensayando una obra muy famosa, con el mas famoso director de teatro que México ha dado. (En realidad “famosa” y “famoso” no fueron sus palabras textuales, pero mi memoria no da para tanto) En esa ocasión, me equivoque en mis diálogos y empecé a tratar de improvisar, a lo cual el famoso director iracundo, colérico y exasperado me grito: ¡Hijo de tu chingada madre, quien te crees para cambiar la obra de un genio!. Muchachitos, ¿Cómo creen que reaccione?.

Un murmullo se desato por todo el auditorio, las hipótesis iban desde una respuesta en el mismo tono, el comienzo de una trifulca, el abandono de la obra por parte de nuestro relator. Sin embargo, la respuesta nos sorprendió:

-Gracias, maestro, gracias por su corrección. Y así los voy a tratar a mentadas de madre, ¿entendieron?.

Se escucho un “si” generalizado, pero un “si” irreflexivo y mas bien asustadizo. Para mi fue la gota que derramo el vaso, me levante, tome el pasillo y abandone para siempre eso de la actuación teatral.

Atrás solo alcance a escuchar decir al director:

-Aquel que no este de acuerdo, será mejor que renuncie ahora como ese que no quiso buscar el reloj….

Nunca supe si mi pronta partida ocasiono algun otro comentario de aquel señor; solo se que su actitud fue tan poco estimulante para todos que el dichoso grupo naciente solo sobrevivió algo así como un mes. Muchas veces pasa precisamente esto, que aquellos que están versados en alguna expresión artística, en lugar de ser vehículos para acércanos a el arte, son exactamente lo contrario, se convierten en obstáculos en nombre de una pretendida flema de genialidad que solo es la expresión de una neurosis.

Alcides

 

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Acerca de diariando
Marinero de Infanteria de Marina del Servicio Militar Nacional Patriotico Heroico y Obligatorio Matricula C-267481

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