Cronica de un cateo

Joven, orilléese a la orilla. Me grito un policía raso en el puesto de control carretero.
Me estacione de mala gana, casi molesto, pues antes que yo, habían dejado pasar al menos cinco vehículos sin siquiera detenerlos.
-Me permite una revisión de rutina a su vehículo. Musito un desalineado Cabo a la vez que otro Policía se acercaba velozmente para auxiliarlo.
-Claro que si, respondí, y, me baje del automóvil.
Como es convencional empezaron por golpear todo el chasis, mientras hacían el esfuerzo de levantar las orejas para escuchar algo diferente que solo lámina hueca. Una vez que le dieron vueltas a todo el coche con su toc-toc, se subieron a la cabina. Fisgonearon mediocremente el tablero. Me pidieron las llaves, lo encendieron. En este punto fue cuando mi paciencia se vino abajo.
-¡Oiga! –Reclame-¿Para que encienden el carro?, eso no tiene sentido.
El Cabo reviro rápidamente. Con coraje y sin miramientos me dio sus razones:
-Conocemos muy bien a la gente como usted, sabemos que trae algo en el carro, por eso esta usted nervioso.
Me causo confusión que el entendiera por nerviosismo, lo que para mi era molestia. Solo atisbe a responder:
-Mire, revise lo que guste, pero el carro y el estero no tienen porque encenderlos. Esto debido a que en medio del cruce de palabras y como un acto retorito, no contento con verme molesto porque encendió el automóvil, también encendió el sonido. El Cabo volvió sobre mí:
-Tienes edad de narco, trais carro de narco y te gusta la música de narcos.
-Pero si lo que esta en el estero es musica de Silvio Rodríguez, y, a los narcos les gusta musica norteña.
-¡ Lo vez!, sabes muy bien los gustos de los narcos, por eso pusiste a ese Silvio, para tratar de confundirnos.
-¡Puta madre!, es imposible tratar de dialogar con usted. Le dije.
Ante mi reacción que rayaba en la euforia, se bajaron los dos del carro. Me tomaron por el antebrazo y me dirigieron a una silla destartalada que estaba junto a una mesa larga, donde a el otro extremo estaban los demás elementos de el escuadrón.
-Siéntese aquí, y no se levante. ¡Gutiérrez!, usted me responde si este interfecto se levanta.
Entre los demás del escuadrón, ante este grito de su Cabo, hubo uno que despertó abruptamente de su sueño aletargado por el calor del desierto y la carretera. Vino a donde yo estaba sentado y se paro junto en posición de “descanso a discreción”.
Mientras el Cabo y el Policía se regresaron al carro, se subieron, lo encendieron, subieron los vidrios, prendieron el aire acondicionado y le subieron a todo el volumen, lo se, pues retumbaban las ventanas.
El policía que se había quedado parado junto a mí, una vez que estuvo seguro que no lo escuchaba su superior, me dijo:
-No se preocupe, así es mi Cabo, se enputa por cualquier cosa, quédese sentadito y vera que en unos minutos lo deja ir.
Decidí no echarle mas leña al fuego, así que seguí el sabio consejo de mi experimentado custodio. Espere, mientras observaba inmóviles el par de cabezas dentro del carro.
Empecé a divagar sobre lo que tenia que hacer llegando a donde me dirigía. Mientras, el oído se empezó a acostumbrar al silencio, y, a lo lejos, empecé a escuchar la musica que salía de mi carro. Los mendigos habían cambiado de disco, y ahora, se deleitaban con algo de lo viejo de Alejandro Sanz.
Al fin, después de unos quince minutos, se bajaron ambos. El Cabo vino hacia mí, y con voz gruesa y aun molesta me grito:
-Lo vez, guey, nada te costaba quedarte tranquilo. Si te pones perro, nosotros te perreamos el doble. Toma tus pinches llaves y vete.
Las tome con un sentimiento de frustración revuelto con coraje, pero lo hice en silencio. Me fui directo al carro, lo encendí, de reojo cheque que no faltara nada y le di marcha.
El celular estaba dentro de la guantera. Pero recordaba bien que lo traía en el asiento del acompañante. Cuando abrí el aparato constate que lo habían apagado, eso me hizo estallar, saque la cabeza por la ventanilla y les grite:
-¡Hijos de su puta madre!.
El carro ya había avanzado unos cien metros, por lo que supuse que el Cabo no alcanzo a escucharme plenamente, sin embargo, por el retrovisor me percate que levantaba su brazo derecho en acción retórica.
Inmediatamente recordé: ¡Esta es la única vía de regreso!.

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Acerca de diariando
Marinero de Infanteria de Marina del Servicio Militar Nacional Patriotico Heroico y Obligatorio Matricula C-267481

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