Maestros.

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Hacia un recuento de los maestros que tuve y sin duda, hay muchos buenos, algunos regulares, pero hay algunos verdaderamente nefastos. Unos que solo daban clases porque el cheque no les iba a faltar, pero vocación de enseñar no tenían ni pizca.

De los buenos cuento a la maestra que me enseño a leer, todavía recuerdo el “ba, be, bi. bo, bu”.  Aquella de Español que me hizo leer Maria de Jorge Isaac y, cuando me queje de que era puro llorar de los protagonistas, me la cambio por La Vida Inútil de Pito Perez, con la cual no deje de reír. El maestro de Civismo que todo el año nos hablo mal del PRI, aquellos años hegemonía, monopolio y tiranía en el poder. El maestro Rubén que cuando escribió en el pizarrón una ecuación de segundo grado con una incógnita me dejo boquiabierto. Camacho con su examen de una pregunta. Andrade y su examen de 8 horas a libro abierto y si querías hasta la computadora podías llevar y ni así terminamos.

Decía y sigo diciendo que clases cualquiera puede dar, pero maestro muy pocos pueden ser.

Alcides

Y jugar por jugar

 

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Hoy quiero repetir lo que dijo Jaime Sabines, me encanta Dios. Mira que inventarse poco más de una centena de elementos y desde allí hacer el basto Universo y hasta el ínfimo espacio entre moléculas. Ni con los años luz alcanzamos a medir el cielo, ni con las milimicras medimos los huecos entre átomos. Eso es tener buen humor.

Y los hombres cada cierto tiempo se olvidan de este humor de Dios y se toman las cosas a pecho; buscan y encuentran, luego vuelven a buscar y encuentran, siempre algo nuevo, un nuevo resquicio, una nueva grieta por donde ahondar en los misterios de lo infinito macro y lo infinito micro. Pero lo malo es que se llenan de soberbia, se dicen a si mismos, hombres sigamos buscando y encontraremos el final, vamos a demostrarle a Dios que no existe, que nos lo inventamos para no sentirnos solos. Se olvidan, pues, del buen humor de Dios. Y lo peor, es que acabamos estresados, neuróticos, con un vació existencial que el filosofo llamo la nausea. Comprando esto, comprando aquello para olvidarnos de que no podemos meter todo el mar en el hoyo que hemos hecho en la playa Razón.

Tan fácil que seria decirnos con la mayor humildad posible, caramba, yo no estoy aquí en medio de un todo por un porque, sino mas bien por un para que, ¿y cual es ese para que?, lo dijo Jesús hace veinte siglos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo; Además esa es la formula de la felicidad.

Claro esta que no propongo una renuncia a la búsqueda, sino hubiera búsqueda no hubiera tanta medicina que cura males, no hubiera satélites artificiales que nos permitieran comunicarnos de un lado al otro del mundo, pero buscar sabiendo que la felicidad esta en el buscar, no en el encontrar. Saber cantar aquello de Sabina:

 

Hacen falta cosquillas para serios,
pensar despacio para andar deprisa,
dar serenatas en los cementerios
muriéndose de risa.

 

 

Alcides

El cuento de la flor

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Chamacos mugrosos ¿quieren que les cuente un cuento?, Nooooo…pues entonces esta noche váyanse a otro Blog, porque aquí toca cuento, pero si se quedan, les prometo que mañana les escribiré sobre la formula de la felicidad o sobre El Secreto, bueno, quizás hasta que les diga cual es el truco del Código Da Vinci.

 Pero por lo pronto déjenme contarles, que el patrón de la casa, digámosle Teodulo Mala Cara por fin convence a la chacha domestica, la aparentemente ingenua Domitila de acceder a sus cochinos impulsos provenientes del libido freudiano.

Cuando por fin termina el romance, Teodulo Mala Cara le dice a Domitila.

 -Sabes Domitila me haz sorprendido gratísimamente, así que en signo de mi beneplácito estoy dispuesto a regalarte lo que me pidas.

Domitila lo piensa por un segundo y dice:

 -Patroncito, quero una flor.

-¿Una flor?, nombre, un racimo completo te voy a regalar.

-No patroncito, no mi intende anste, lo que quero es una flor, una flor esplorer del año como la que trai la patrona.

Bien chamacos, hasta aquí el cuento, porque es breve y además es el único que se me. Buenas noches.

Alcides

El gran desengaño

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Schopenhauer llamo a la muerte “el gran desengaño”, quien ha pisado los pasillos de ella sabe a que se refería el filosofo alemán. Ante la muerte uno queda expuesto, desnudo, descubre o mejor dicho ve con claridad lo que hay en uno mismo, sus convicciones, sus creencias, lo que uno ama es sopesado y descubierto, la terrible fragilidad de que uno cree “poseer”. Así que la muerte puede ser la gran maestra, aquella que por paradójico que parezca nos enseña a vivir si es que le sobrevivimos, si es que la vencemos o si es que Dios no tenía dispuesto simplemente que hoy muriéramos. Por esto, aquel que tacha al suicida de condenado a lo mas recóndito de los avernos se equivoca, ya lo dijo San Pió a una muchacha afligida porque su hermana se había arrojado al vació: del puente al suelo hay mucho tiempo para arrepentirse, si, así es la muerte, así es su inminente presencia, basta una milésima de segundo para enseñarnos muchas cosas. Alcides

Ahora resulta que el cursi soy yo.

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Allá en mis años mozos, en el receso entre Química y Civismo nos fuimos a aparcar bajo una mata de mango mi buen amigo Riecke y su servidor. El hablaba y hablaba de que Vicente Fernández era el mas gallo ente todos los gallos, que era el papa de todos los pollitos y hasta de algún cocodrilo desbalagado que había en el corral. Para acabar pronto, El Chente era más hombre que Súper Man, El Hombre Araña, Súper Barrio y Homero Simpsons juntos. Ante mi silencio piadoso, o sea, se dio cuenta de que lo veía con cara de “pobrecito, no sabe nada”. Extrañase el tal Riecke en sumo grado y disparo la pregunto:

-¿Y a ti que música te gusta?

-No, música casi no me late, mas bien me gusta leer a Neruda. Respondí.

-¿Qué? ¿Y ese buey quien es? Reviro

-Un poeta chileno de Chile.

-¡Que!, no mames, esas son cosas de jotos

-¿Y porque? Si El Chente también dice cosas poéticas en sus canciones.

-No, pero pos no es lo mismo

-¿Por qué no?

-Pues no porque no.

-Ah no pues si, con esas razones de que no porque no te da la gana pues entonces si ni que alegarte

Sonó la campana que nos llamaba a Civismo; la plática nunca se reanudo en torno a ese tema y confieso, que la amistad tampoco volvió a ser la misma.

Así que mi estimado Riecke, después de 22 años, aquí te dejo en la portada de este Post una foto de Chente, espero que hallas oído bien algunas de sus letras ¡ y salud!.

 

Alcides

¿Le importa a Dios que religión profesemos?

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Y la pregunta de los 84,000 pesos es ¿le importa a Dios que religión profesemos? De entrada yo me atrevería a decir que no. No, porque cada quien nace delimitado por circunstancias y en un momento determinado de la historia y, sobre esa base se ha de buscar el bien. Si esa búsqueda del bien atraviesa por una religión, pues bienvenida sea, pero si no hay esa posibilidad no será culpa del hombre. Ya lo dijo San Pablo: el que nace bajo la Ley será juzgado bajo la Ley, pero el que no, pues no se podrá juzgarlo bajo esas premisas. Obvio esta que en cuanto a la economía de la salvación subsiste un mínimo que hay en nosotros y que se trata de la religión natural, es decir, todos, independientemente de si conocemos a Cristo o no, tenemos en nosotros una ley para hacer el bien, la respuesta que demos a esta ley es la base sobre la cual se nos evaluara.

Pero a esta cuestión de si es importante la religión que profesemos para Dios, también se puede decir Si, si es importante, para aquellos que conocen el nombre (o sea, la doctrina) de Cristo. Aquí si cambia la cosa, ya no se puede alegar desconocimiento. El Cristo es exigente, no pide unas cuantas cosillas, no, pide todo, el que quiera seguirme que cargue su cruz, dijo. Es decir, tanto como alivio a nuestros males no encontraremos a menos que así convenga a nuestra salvación.

El problema empieza cuando uno ve el abanico de posibilidades de lo cristiano, algo así como 75,000 sectas, movimientos, congregaciones, denominaciones, potestades, etc. etc. y todas invariablemente proclamándose como la poseedora de la Verdad,  ¿Hay alguna que sea realmente el non plus ultra? ¿Subsiste en alguna religión cristiana la religión que Cristo nos quiso dejar? Para responder abría que irnos a la historia. Desde el cristianismo primitivo existieron divergencias entre los creyentes, pero fue después de Lutero que el boom de las divisiones tuvo auge. Ya cualquier cosa se volvió motivo de cisma grande o pequeño. Se menosprecio aquella máxima de Agustín de Hipoona (siglo IV): En lo esencial la unidad y en lo secundario la libertad.

Para mí, la respuesta desde la razón histórica sobre cual es la Iglesia radica en la sucesión apostólica y en la promesa de que las fuerzas del mal no subsistirían contra esa Iglesia, que hoy se llama Iglesia Católica.

Claro esta, nobleza obliga decir que no por ello deja de haber un cochinero dentro de esta Iglesia, pero pues si Pedro es la piedra y esa piedra la regó varias veces y bastante feo, ¿Qué se podía esperar de sus sucesores?.

 

Alcides

Ruido, ruido, mucho ruido

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Hay algo que no entiendo muy bien, cuantas veces he ido a una fiesta la música siempre esta a todo volumen; es ensordecedor, no se pude ni hablar ¿para que el anfitrión nos reúne si va a hacer imposible la comunicación? ¿Para vernos las caras unos a otros por cuatro horas? Creo que aquí hay algo que no funciona bien. Veamos.

Nos metemos ruido para no estar solos con nosotros mismos, le tememos mas que nadie a nosotros mismos, estar solos es estar desnudos ante un espejo, el espejo de la conciencia de si mismo. Estar solo es estar ante quien soy. Y no te haz dado cuenta porque te metes ruido, el ruido de la música, el ruido de las voces de los demás, tu propio ruido para no estar a solas contigo mismo.

Pero ante los demás pasa lo mismo, necesitamos del ruido como una mascara, como una excusa para no hablar, para que no se nos note el miedo que nos dan los otros. El ruido es como el mar que separa las islas, las islas somos nosotros. Si hay un mar de por medio no hay una comunicación o la comunicación fluctúa en temas como el clima y la política, los cuales no dan para mas de cinco minutos de charla.

 Alcides